sábado, 21 de enero de 2012

Reflexiones de escapismo

El fluir natural


Nos encanta abrir nuevas puertas, nuevos caminos, pero por otro lado, nos resulta inconcebible la tarea de cerrarlas. Y en otros casos, alimentados por la desesperación, y deseando saciar nuestra sed emocional, nos empeñamos en hacerlo. Metafóricamente, ¿Cuántas ventanas abrimos y cuántas son las que cerramos a lo largo de nuestro impreciso trayecto existencial?
Los pragmáticos tendrían una concisa respuesta. Esta se basaría en la utilidad de ambas ejecuciones a la hora de determinar si realmente se ha abierto una nueva etapa o simplemente, es la consecución de una anterior.
''Cuando una puerta se cierra, otra se abre.''
No voy a negar el sentimiento optimista y reconfortante de esta frase. Pero sí bien nos pasamos más de la mitad de nuestras vidas horadando etapas ¿Estaríamos en un caso de rompimiento de la esencia de las mismas, y lo más preocupante todavía, de alguna descomposición de nosotros? ¿Qué queda entonces del momento de fusión entre el ''post'' y el ''pre''?
En mi más humilde opinión, los inicios y los finales establecidos libremente por cada individuo no son más que el mero anhelo de obtener una fuerza considerable a la hora de hacer frente a una determinada situación. Es nuestro arma de defensa contra la aflicción emocional. ¿Se trataría pues, de un conflicto de negación-disconformidad acerca de algún determinado bache en nuestro pasaje? 
El ser humano tiene un fondo frágil. Y una férrea necesidad de revestirlo. Pero la tienda de ropaje es común para todos, experiencia. Todos nos construimos y vamos picando sobre la misma, salvo que el juego del azar nos otorga diferentes herramientas a la hora de hacerlo. Pero toda construcción, además de contar con unos buenos materiales, necesita una cierta planificación y una buena técnica. No es mejor el que cuenta con buenos ingredientes, sino el que sabe de forma minuciosa como utilizarlos. Y es que la cuestión no está únicamente en nuestras experiencias. Está más allá, en que somos capaces de obtener nosotros de cada una de ellas. Y esto tiene una gran relación con lo tratado anteriormente sobre vínculos que se abren y otros que se cierran. La experiencia es el hilo de las personas. Un hilo de unión con las estaciones existenciales ''pasado, presente y futuro.'' 
Si lo pensamos bien, y estudiamos profundamente algún momento de nuestro pasado, veremos que el azar puso en nuestro camino un trozo de tela y que nosotros decidimos la utilidad que le daríamos a esta. El azar otorga, y tú escoges. 
Después de esta breve reflexión sólo queda decir que desde mi punto de vista, no hay finales, sólo una consecución de vivencias que nos acompañaran a lo largo de nuestras vidas. Y que no merecen romperse, tan sólo alimentarse de nuevas. No hay que huir del pasado, al contrario, hay que estimarlo y preservarlo.
Es como el niño al que en el momento de corregir un ejercicio, se le enseña a que de forma autónoma sea capaz de visualizar el error y mediante la práctica erradicarlo. Con los demás pasa lo mismo, ¿Nuestro mayor error? La negación ¿La causa de este? El miedo ¿El remedio? La vida y el profundo análisis de lo que nos pasa.

Como decía Manolo García ''Vendrán días en que ese peso ya no será carga sino bagaje''
Es más que necesario, que uno de vez en cuando, se de su tiempo.




Nerea


jueves, 19 de enero de 2012

Tempus fugit


Parece ser que más allá de tejidos musculares, óseos, proteínas y de más substancias de las que biológicamente estamos compuestos, hay otro componente que aunque unos consideran puramente abstracto, e ''imparcial'' al ser humano, porque en lo físico así es, tiene para un individuo, un peso igual o superior a cualquier otro integrante de nuestro organismo.
Susodicho ingrediente es sutil, vigoroso, tenaz. Adjetivos capaces de inquietar al ser humano por resultar firmes e inamovibles. Pero además, no sólo nos inquieta la descripción que uno pueda adjudicarle a esta nomenclatura, sino que nos asusta la certeza de saber que somos movidos por ella. Que somos súbditos del tiempo. 
Podría resultar en muchos aspectos un símil de lo divino. Podría ser, de alguna manera, el ''dios'' de lo práctico, el abuelo de la ciencia, y siguiendo el tópico, la suegra de la impaciencia.
Después encontramos a los metódicos, aquellos que llevan esquemas por sombrero. Y mi pregunta es ¿Qué es el tiempo para ellos? Un elemento sustancial, supongo. El sostén de sus vidas. Pero... ¿Están tan acostumbrados a él que son incapaces de sentir su peso? Quizá lo han asociado a su persona, o por otro lado, el miedo a que provoque una alteración en sus bocetos los tortura insaciablemente.
Si por un momento dejamos de lado el ''T-I-E-M-P-O'' y analizamos única y exclusivamente todo aquello que nos provoca, el resultado podría ser catastrófico, y en otros, una contundente salvación.
Nos priva de disfrutar de lo idílico, amontona pesadumbre en nuestro bolsillo, y por si fuera poco, en nuestros escritorios y también nos hace presuponer... ¿Por qué... no hay tiempo de comprobación?
Es un dogma. Uno que es común para todos, y que a diferencia de otros, no puede saltarse. 
Y sí es así, porque no podemos romper el tiempo, al menos de forma física, lo cual quizá resultara ser un poco alarmante, ¿Por qué no familiarizarnos con él? Porque a nadie le gusta que le digan lo que tiene que hacer, y cuando lo hacen, pueden encontrar una solución más o menos objetiva. Pero el problema reside en que el tempus es dominante y rebelde. No tiene nada que perder. Nosotros sí, si lo perdemos a él, lo perdemos todo. Aquí un claro ejemplo de una relación de amor-odio.

Y si... ¿Dejáramos de matar el tiempo? Todo depende de que ojos le pongas a lo que hagas. La consideración y el valor de las cosas está en uno mismo. 














Nerea